|
EL PEQUEÑO CÈSAR*
Te detuviste a desear aquello que mirabas, Te detuviste a inventar aquello que mirbas, Pero no estabas detenido, lo que mirabas agitaba tu propio pañuelo, hacìa tus señas desde su lejanìa. Algo de eso comprendiste; los muelles, los sitios donde la sal es una ciega sentada en el alma, los sitios donde la espuma roe la base de todo con sus pequeños dientes parecidos a la arena de lo que se olvida, los sitios donde las viejas anclas y los motores de barcazas vencidas se oxidan cagados por las gaviotas y los pelícanos, los pequeños tumultos blancos donde la paz y el movimiento / entrelazan sus redes a la usanza del mar, los sitios menos frecuentados de las playas, los paisajes que te rodeaban sin que supieras exactamente /a què distancia de tu imaginación, a què distancia de tus argumentos màs ìntimos.
Hay un cielo de navìos que los ojos contemplan desde debajo de las làgrimas, Desde donde la mirada se queda sin respiración, sin oxìgeno para saber què mira todavía y què ha dejado de mirar.
Una eternidad que cualquiera dirìa gastada por el uso, manoseada por los muertos, ablandada por la queja de los enfermos, /tocada por las làgrimas, una tarde que se va hundiendo como un barco / en cierto paisaje tuyo.
Algo de eso comprendiste, desconfiabas de tu deseo, pero era tu saliva la que brillaba / en los dientes de tu deseo, eras tù esa masa pastosa que alguien masticaba pero que iba a parar siempre a tu estòmago, era tuya la mano con que te decìan adiòs y era tuyo el pañuelo.
Por eso en mitad de la noche has vacilado, has oìdo a los àrboles perderse en sus ramas, has sentido al viento quedarse quieto de pronto, como en acecho de algo, / entre los pliegues de la cortina, Has oìdo a los muertos reìrse en sus agujeros imitando a los topos, Has descubierto que un dìa vestido de mayordomo, el olvido vendrà a anuniarte que ya està servida la mesa,
y sin quererlo tù, esa noche cenaràs con apetito y al final, /dejando la servilleta sobre la mesa, elogiaràs complacido el menú…
Todas las luchas libradas en el océano brillan en esa làmpara / que acabas de encender, en esas aguas donde el horizonte desarrolla su instinto de montaña, allà donde el cielo parece dormitar entre sus mandìbulas de abismo.
Puedes romper las cartas de aquella que amaste, puedes hacer que el olvido, tu extraño servidor, entre al pasado, / los sorprenda a ti y a ella y allì los atrape, puedes fingir que eres la ropa que te quitaste, la frase que escribiste, el nùmero telefònico que te buscas en el bolsillo, la direcciòn / que no aciertas a dar.
Puedes fingir que estàs fingiendo, puedes simular que eres tù, que es tu deseo y no tu olvido tu verdadero còmplice, que tu / olvido es el invitado que envenenaste la noche que cenaron juntos. Puedes decir lo que quieras, eso serà la verdad aunque no puedas ni puedan tocarla.
Alzas tu làmpara y lo que fuiste parpadea en aquello que estàs siendo, tambièn tu libertad te tiene entre sus manos.
Quisieras llorar porque la eternidad navega como una muerta, masticas despacio tu bocado de alma, tu rebanada de ideología, / tus òrganos para conmoverte, Tomas la servilleta y te limpias la boca, distraìdamente miras la antigua mancha de vino en el mantel…
Quisieras llorar porque la noche es un árbol que no podemos /sacudir con las manos para que caigan los frutos deseados; todo pasa mientras terminas de comer, mientras doblas la servilleta de nuevo, y tu làmpara ilumina para ti la espuma que el tiempo deja / en lo alto de las ruinas, en todos los sitios que no han resistido el oleaje del hierro, / la embestida de los discursos triunfales.
En mitad de la noche algo tiembla, en mitad de la noche / te oyes hacia arriba como quien se despierta por ruido de la lluvia, en mitad de la noche te oyes hacia abajo como quien / se despierta por el ruido de la muerte.
Y no quieres ser còmplice de los dormidos, no quieres / còmplice de los muertos, no quieres ser traspasado por tus làgrimas, humedecerte / como un trapo sucio, Entonces, ¿ quièn eres tù?
Tal vez te gustarìa ser el custodio de los reinos /que la carroña acecha, tal vez te gustarìa tomar tu deseo, levantarlo convertido / en el deseo del mundo, en la base del mundo. Algo de eso comprendiste y vacilas, y tu vacilación te afianza en el mundo, te da vientos para navegar, / uñas para clavarlas, te invita a subir al puente de mando. Pero aùn vacilas, tal vez ese traje de marinero no es el tuyo, pero ya es tarde, pero aùn vacilas , pero ya es tarde, intentas despedirte de alguien, pero la mano con que deseas decir adiòs tambièn se va quedando atràs, y ya no puedes alcanzarla / aunque te inclines hacia ella con todo tu cuerpo, con toda tu duda de no inclinarte lo suficiente.
¿Què cosa es tu cuerpo? ¿Què cosa es tu làmpara? ¿Què cosa es no inclinarse lo suficiente? ¿Significa todo esto decir adiòs? Hablabas de un deseo y tambièn de un olvido, Hablabas de las cartas de una mujer, no se sabe si las rompiste, No se sabe si te olvidaste de ella, si alguna tarde caminaste pensàndolo, tambièn hablabas de una làmpara, y de un pañuelo o de un barco…. Hablabas de algo asì, no recuerdas còmo.
Josè Carlos Becerra- 21 de mayo de 1937 -Villahermosa, Tabasco, Mexico-
Fallecio en Italia en 1970
envio Antonio Leal.
|